EL TOMATE SIN CABEZA. CAP 4
La correa que abaraza mi dorso se desprende lentamente con miedo a caer. La corteza de mi piel descubierta abre sus poros al aire fresco, aquel viento helado me
tranquiliza. Vuelvo a cerrar los ojos…
-¡Santiago! Has dormido todo el día- Un suave pero masculino vozarron explota en aquellas palabras.
Yo abro mis ojos. Las borrosas imágenes toman su forma paulatinamente. La habitación está obscura. La única fuente de luz es la luna traviesa que coló uno de sus rayitos en la claraboya y un frágil intento de luminocidad artificial que se filtra detrás de la figura de un hombre jóven recostado en el marco de la puerta.
-Son las siete de la noche- Me dice con una sonrisa optimista y plácida, me mira con cara de … la palabra… la palabra… mmm…¡Responsabilidad! ¡Eso! Él sostiene la sonrisa, tiene facciones de niño , pero en sus ojos se ve la serenidad de un anciano, luce pantalón caqui, una camiseta verde, sus hombros sostienen con dificultad una chompa blanca . Abre su par de ojos grandes. Me observa en exceso, se filtra en mí, y yo; agacho la mirada.
-Ya son dieciocho, dieciocho . No tengas miedo- Me dice y me sonríe… Pero yo… ¿Dieciocho? ¿Qué?- ¿Se te olvidó que hoy te celebramos el cumpleaños?- Me dice el joven, mientras se me acerca-Los tíos están en la mesa.
Creo que no me ha visto. Creo que no sabe que soy un tomate ¿Cómo le explico que algo malo me pasó? ¿Cómo le explico que maduro a pasos agigantados? No. No. No, se acerca. Ahí viene el chupeteo de la goma de sus tenis contra el piso. Se acerca.
-NO SE ACERQUE- Le digo alterado pero decidido.
El muchacho me mira asombrado, abre esos ojos. Grandes ojos intrusos. Se detiene pero sus manos acortan la distancia entre los dos.
-¿Qué te pasa? Estás como los tíos- Me dice. A mí me intranquiliza su mirada, y sin embargo hay algo en su dulce voz que me produce paz. Su mano acaricia mi frágil capa de piel con la fuerza de un huracán, pero tan delicadamente que pasa tibia sin que la tela podrida ceda a reventar.
- ¿Pero qué te has hecho?- Agacha su cabeza con tristeza- Parece que es inevitable, te lo dije, te dije que no te encerraras- Habla con tanta tristeza que siento como si me amase desde siempre- Ahora sos un tomate- Sus ojitos melancólicos se cruzan con mi mirada de horror. Sus palabras se imprimen en mi cabeza. Tal vez no entienda quienes son los tíos, quién soy yo, cuál es este lugar, quién es él mismo y qué hace aquí, pero sí entiendo que lo que me dice me lastima. Prefiero que el maldito rayo reduzca mis carnes como el plástico en el fuego .
-¿Quién es usted?- Le pregunto sin intención de saberlo. Hago un movimiento brusco y aparto su mano de mí cuerpo. Me preocupa su mediana sonrisa.
-Te espero- Me dice.
Yo lo sigo mirando a los ojos, no entiendo. Qué quiere de mí. ”No me dejes”- Pienso- No dejes sola a esta bola llena de jugos, densa, pesada, con pedazos de piel estrioza y lastimada, sobre una cama inmensa llena de incertidumbre. Lo miro, él me mira. Hay un momento de silencio, de silencio… Inglés, de reloj de péndulo. Intento moverme, dibujo las líneas en mi cerebro. El muchacho entiende que me es imposible reproducir algún movimiento. Camina hacia mí. La dulzura de su rostro me recuerda algo. Me duele lastimarlo que se de cuenta que no lo resconozco. Él sabe quién soy yo y con eso me basta. Creo que sonrío como un estúpido porque él agacha su cabeza y ríe en silencio. Su tibio calor corporal calienta mi árida piel de reptil cuando sus brazos me agarran desde abajo. Yo, en un movimiento inconsciente, me acomodo en su pecho. Él camina. Salimos de la habitación y la luz artificial adquiere potencia conforme avanzamos, me recuerdan los rayos de sol atravesar la claraboya. Hay gente habalando, los oigo. La luz y el ruido aumentan de forma proporcional. La luz parece ser como los rayos que atravesaron mis lentes para adquirir potencia y las palabras arrojadas al abismo, mezcladas, revolotean, me lastiman… Las palabras. Mi cerebro se abre. Hay un montón de gente, todos vomitan fonemas, de esos que me persiguen, que hacen sangrar mis nervios. Ahora cómo huyo, ya no es un sueño. Palabras brillantes, palabras calientes hasta quemar, palabras afiladas, palabra asesinas. AAAAAAAAAAAAAA LAS MISMAS OBJECIONES DE SIEMPRE. “¿Por qué no hay sal? en la mesa simepre debe haber sal”, “¿hace cuánto que no organizas el cajón de tus medias? ¿Cómo puedes vivir así”, “¿siempre te pones el mismo buso? yo no soy capaz de hacerlo” “¿Cuál crema dental utilizas? Si no es para dientes sensibles no me puedo lavar los dientes”… ¡son como yo! Sí, soy uno más, un tomate más. El muchacho agacha su cabeza hasta posar sus ojos frente a los míos. Sólo los tomates pueden preguntar tanto.
- ¿Te molestan?- Me pregunta- Siempre nos molestaron- mira a la mesa- Pero, así nos quieren.
Puedo ver una tímida lágrima sobre su mejilla.
- ¿y… Ahora?- le pregunto, él vuelve a mirarme. Camina hacia la mesa. Todos nos miran.
-Feliz cumpleaños- Susurra tristemente el joven.
”Feliz cumplaños- Pienso- Feliz cumpleaños”.
EL TOMATE Y EL ESPEJO II. CAP 3
Abro mis ojos y miro el reloj del nochero; son las doce del medio día. Un espejo en frente refleja mi figura. Ahí estoy, en posición vertical con una correa de cuero que bordea toda mi superficie hasta atarme a la cama, y otra que abraza mi… ¿Cintura? uniéndose al final de un nudo a las bases del lecho. No me puedo mover. Ya no sueño, ahí está mi habitación conmigo adentro, atrapado.Un leve brillo de sol, proveniente de la claraboya, cae en el espejo, se refleja y me baña despiadadamente, sin embargo, éste no impide verme allí convertido en una figura circular, poco uniforme, con una serie de pequeños relieves. Mi piel es lisa, verde y en la parte fronto superior tengo una protuberancia que nace desde la unión de unos minúsculos hoyos que me permiten ver a través de unos lentes redondos y robustos. Toda mi coronilla es tapisada con un manchón verde obscuro. La montaña de mis pesadillas es algo a lo que podría llamar… ¿Estómago? Lo de cara de tomate no me lo soñé… ¡De seguro que es otra pesadilla!
Han pasado dos horas. El día se hace más caluroso y conforme avanza la tarde el reflejo de la luz del sol me golpea con más fuerza. El calor es insoportable. Todavía no entiendo qué es lo que pasa, quién es el autor de mi sufrimiento. Los rayos de luz han atravesado mis ojos, puedo sentir como rayo a rayo se va refractándo por la lente produciéndome un ardor con sabor sangre. Veo las garras brillantes enterrarse, suben paulatinamente hasta que mis ojos sólo perciben un mundo sobrexpuesto y amargo ¡ Déjenme ver! Prefiero detallar mi inherte figura en el espejo ahí tan débil y madura antes de que aquella cortopunzante sensación siga hiriéndo mi mundo.
Ya el día ha tocado la tarde y los rayos se fortalecen conforme pasa el tiempo, se alimentan de los segundos saltarines, se ensanchan en mis pupilas hasta rebosar su dilatación, han osado irrumpir dentro de mi cerebro… Es esa la sensación del sueño. El primer rayo se incrusta en mi cabeza. Siento como si alguien me gritase desde adentro. Uno a uno entran los rayos de sol, en el mismo orden que invadieron paulatinamente mis pupilas, Sus puntas afiladas atacan simultáneamente. Una sensación electrificante e instantánea me hace temblar, y las gafas débilmente sostenidas caen sobre lo que ahora llamo estómago, adheridos a éstas salen los rayos de sol espantados por el inesperado temblor.
La luz de la claraboya continúa golpeandome el rostro, pero ahora los verdugos de mi cerebro descansan en algún lugar de mi cuerpo. No tienen la fuerza suficiente para herirme, sin embargo puedo sentir el dolor que me producirán aquellos invasores cuando la luz de claraboya se apoye sobre sus potenciadores, mis lentes. Ya puedo ver los pliegues en mi lisa piel, rojos y débiles, amenzándome con desaparecer hasta abrir un gran orificio. Sería mejor que le pasara eso a las correas que me atan a mis pesadillas… Esperen…¡HE ALLÍ LA SOLUCIÓN! Mi mecanismo de tortura puede ser quién me libere de este sufrimiento. Los rayos de sol pasarán gordos y revitalizados a través de la lente; se afilarán sus brillantes garras y penetrarán, esta vez, mis malditas ataduras. Ahora debo de buscar alguna forma de mover las lentes hacia las gruesas cuerdas de cuero que abrazan mi dorso. Se encuentran cerca, sólo es necesario un movimiento preciso que traslade delicadamente la cara de alguna lente frente a aquellos brazos egoístas.
El sol de la claraboya ahora comienza a descender. Necesito algún estímulo que me permita moverme. Aún no me acostumbro a este cuerpo fofo y circular. He perdido toda noción de movimiento. Hago un esfuerzo sobrehumano … Silencio… Cierro los ojos. Todo está obscuro, densamente obscuro, lleno de nada, la nada saturada. Punteo un línea en mi cabeza. Formo lineas que se entrecruzan, que le demandan a mi cerebro alguna acción. Hago presión en mis párpados para acentuar las líneas y su movimiento intrínseco… y ahí va. Un pequeño salto hacia la derecha. Siento como las curvas de la montura se desprenden del estómago y caen de nuevo en otro sitio de mi cuerpo. Abro los ojos. Mis lentes se han movido medio centímetro, no parecen haber cambiado de lugar y la luz del sol se aproxima a las gruesas cuerdas de cuero. Vuelvo a cerrar los ojos. De nuevo curvas en mi mente. Salto. Abro los ojos y la montura se ha movido muy poco. La correa encima en la coronilla, hace cada vez más presión sobre mi cabeza y los pequeños saltos, que su inflexibilidad me permite, están ocasionanado un severo dolor . Cierro los ojos para aliviarlo. Aparecen, como de costumbre, esas malditas garras que desangran mis nervios y el tibio líquido que cae entre los pliegues cerbrales se comienza a apoderar de mí. Unas raíces rojas se entierran sin piedad entre los pliegues. Aquel dolor penetrante permanece amarrado, enraizado a mi desgraciado cerebro y lo que antes era líquido se solidifica en pequeñas ramificaciones cargadas eléctricamente. La primera descarga penetra toda mi materia hasta los ojos, mi cuerpo reacciona con un temblor corto y brusco – Como el de mi despertador- Los lentes caen con viloencia. Abro los ojos… El dolor disminuye. Las patas pegadas al marco de los lentes se encuentran agarradas de un pequeño relieve en mi cuerpo, me miran pidiendo ayuda, no quieren caer, ni yo tampoco porque más abajo, uno de los vidrios, mira la correa amarrada a mi estómago. Ahora el sol toca una pequeña parte de mi atadura. “falta poco”- pienso “¿Pero qué voy a hacer después de esto?” No puedo seguir madurando. Cada vez estoy más blando. Al mirarme al espejo encuentro la cara, mi cara convertida en lo que más odio, un vegetal que se pudre… Ahi va el sol. Pasa el primer rayo por la lente, la luz baja paulatinamente y como un animal hambriento come desesperada mi titánica atadura. La luz que me enceguicía ahora me hace libre. Miro al frente… ODIO LOS TOMATES EN PROCESO DE MADURACIÓN.
EL TOMATE Y EL ESPEJO I. CAP 2
¡AH!
Ha pasado media hora de vacío… Comienzo a sentirme liviano, extraño. Tras la calaraboya ¡El cielo se ve tan frío!, como un cielo de seis de la mañana del que se desprenden unos tenues y tibios rayitos de sol. ¡AH! ¡Qué alivio! ¡Por fin logro pensar en algo! Podría decir que sufro de un delirio de soledad… No, no es un delirio; Mis manos me dejaron, mis pies me dejaron y mis pensamientos osan abandonarme…
¡AH! ¡Tanta paz y tan pocas preguntas!.. Esta tranquilidad comienza a asustarme. Me siento acorralado entre el dilema de mi estado actual y el alivio que me produce, después de media hora, pensar en algo…
¡AY NO! No me gusta mover mis ojos, tal vez mi estado de vacío se debe al miedo de encontrarme con la realidad, con esa monataña verde. Prefiero coquetearle a esa línea que separa la realidad de mi estado de ensoñación. Un curioso instinto, contrario a mi voluntad, conduce mis ojos a inspeccionar el entorno; todo está en orden. El closet de pícaras celocías ; al lado el nochero siempre a mi derecha con su despertador; la claraboya allá arriba… Esperen, estoy seguro de que esa maldita ventanita en el techo se dio cuenta de lo perturbado que me tiene, porque ha optado por dar vueltas y vueltas en su mismo eje; y ahí voy a evadiiiiir, de nuevo, mi realidad. Cierro los ojos, todo se vuelve obscuro.
Ahí estoy en un bagón de tren y tras la ventana se mueven unas manchas, cada una de un color diferente, gritan ¡Es insoportable! Llegamos a mi cerebro. Las manchas han seguido el tren hasta aquí. No me siguen, Caminan hacia… Ahí van, se montan en mis nervios, sacan unas garras amarillentas, me retan con su brillo mientras juguetean con la primera capa del músculo y se van hundiendo lentamente hasta hacer sangrar a mis indefensos nervios. Un líquido tibio y pesado se derrama en mi cerebro mientras centenares de preguntas salen una por una de cada gota tibia derramada ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA! ¡Siento la cabeza caliente! Huyo de aquel tren mientras me escabullo entre los pequeños riachuelos que formaron los pliegues de mi cerebro y aquel líquido. Corro sin destino alguno, con la mente en blanco, sólo con el presentimiento de que alguien me persigue y de un impulso casi animal me detengo. Doy la vuelta. Frente a mis ojos se ven un centenar de preguntas aparecer, reales, hechas materia y ruido, todas tras rios de líquido , todas cada vez más grandes. Yo permanezco inmóvil. Ha llegado mi hora y la aceptaré con tranquilidad. Se acercan sus retumbadores pasos. Imagino la muerte.
Esperen ¡Qué pasa! cada uno de mis verdugos comienzan a reducirse en tamaño, se unen, están haciéndo una fig… ¡Es un cuadrado! Su brillo. Queman mis pupilas. La valentía momentanea me abandona y, como si mi alma volara lejos, cierro los ojos automáticamente. Muero. El brillo de aquella figura se cuela por los poros de mis párapados, ahí va, abro los ojos y ahí estoy yo frente a un espejo jigante, desfigurado, amorfo. Busco una salida a esta pesadilla.
Atrapado en una pesadilla y por más que mis ojos intentan abrirse sigo aquí, diminuto en este infierno de fluidos y lamentos. Es hora de volar, de atravesar una a una las capas de mis sueños. Mis ojos se mueven en la obscuridad mientars mis uñas razgan las telas de mis pensamientos oníricos, cada ojo de cada sueño, cada rayito de luz. Allá arriba está el sol de la claraboya… ¡PUFF! ¡ Qué horrible pesadilla!
LA METATOMATOSIS. CAP1
PI-PI-PI ¡Ay! ¡No! Cinco minutos más.
PI-PI-PI ¿De dónde es que se apaga esto?
PI-PI-PI ¡Esa lucecita cansona y aguda! ¡Esas vibraciones tan cortas y bruscas!.. Se burla de mí.
Te voy a agarrar, conozco tu botón de apagado sin tener que mirarte.
Vuelve la calma. Mientras cierro mis ojos, con la paz del silencio, veo el rayito de luna que entra por la claraboya, ilumina mi… ¿montaña verde?.. debe ser la luz, sí es la luz…
Cierro los ojos, todo se vuelve obscuro, colores, estrellitas en el espacio y ahí voy corriendo, corriendo debajo del cielo estrellado que se va coloreando de blanco. Corriendo, corriendo logro ver mi osito, el cariñosito morado de cola estridente y yo me trepo por entre sus piernas suves y abullonadas, me agarro de las fibras bordadas en su estómago que forman un arcoiris. Me cuelgo recelosos de su nariz hasta llegar a la oreja. Allá arriba se puede ver el cielo blanco, alcanzo a divisar la nada y camino hacia la oreja de mi peluche. Mis pies se unden entre el material esponjoso uno, dos, un, dos, un, dos, un… doosssssssssssssss… Y caigo al precipicio.
Me dispierto sudoroso, alarmado. Con los ojos aún cerrados puedo sentir los débiles rayos de sol que calientan mi estómago; está un poco…¿templado? .. ¿Sol? ¿Qué hora es?.. Abrir los ojos de mañana así tan rápido no es agradable. Miro el despertador ¡son las diez! no lo puedo creer. Ya para qué me levanto a clase de seis. Hago un reconocimiento del lugar. Hace calor. El sol incendia mis pupilas. Siento mi mano tratando de inerponerse entre el sol y yo… No la veo, ¡mi mano!, ¡La otra!,¡los pies!.. Esta mañana no es importante saber en qué lugar estoy, sino cómo me encuentro y lo único que veo cuando miro mi cuerpo es ¡La montaña!
Alzo la vista. Ya no hay un horizonte rectilíneo, definido, un horizonte que me permita ver los dedos de mis pies organizados desde el más grande al más pequeño. Ahora una semicircunferencia verde y lisa se interpone entre el horizonte y yo, y al primer esfuerzo por ver encima de la montaña mi espalda se mece como una cuna. Al despertarme me sentía fofo pero…. pero…. no pensé… creo que estoy cambiando . Es insólito lo que veo, no debería mirame más. Al cerrar los ojos aparecen las mismas imágenes; Una superficie totalmente lisa, curva, con algunos relieves poco uniformes. Es cierto, no sólo los muertos son verdes. ¡Estoy verde! y no me refiero a la canción de Charlie García. ¿Qué dirán los demás cuando me miren y digan: “Hoy amaneciste con cara de tomate”? Mi vida se ha convertido en un cuento de Kafka.