MEDIO TOMATE Y MEDIO PITAYA. CAP 14
Pude ver a mi mejor amigo en el cielo cuando el vagón amenazaba con descender, hasta que se dejó caer por la gravedad, sin prejuicios.
-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa- Fue una caída corta, vertiginosa.La velocidad opacaba los pequeños “tricks”, ahora se escuchaba como un “rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr”, un “rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr” metálico con garras. Y bajé, bajé sentado en un vagón, y él subió, subió pendido en sus alas, blancas, más blancas que las nubes.
Yo bajo, él sube y las líneas de nuestras vidas se separan. Arriba, abajo, arriba, abajo. Hasta que el vagón se detuvo frente a un espejo. Lo reconocí al instante, era el espejo de salida. Me enseñaba mi cuerpo arrugado, mohoso, vinotinto, con algunas partes negras, mis dientes amarillos y la lejanía en mi mirada, había perdido el interés.
Me dejé llevar. Salté fuera del vagón. Me acercaba a mi propia imagen descompuesta. Me observé detenidamente, sin juicios, sin dramatismo, más feliz que triste. Miré al cielo. Podía ver el puntico pequeño que señalaba las alas de mi mejor amigo. Un adiós y… Adiós.
Atravesé el espejo, no dolió. Salté con calma, con certeza de que había aprendido. Había aprendido a dejar de ser niño, a dejar de ser tomate. Salté sin pensar en mi futuro, salté a través del túnel hasta que mi pata llegó donde todo había comenzado… mi habitación.
- ¿No te gustan las despedidas. Cierto? – Me dijo mi tío sentado en mi cama. Habia desaparecido los parches de cemento que reemplazaron la ventana y la claraboya, ahora los rayos de sol atravesaban sus marcos sin vidrios. Las dos iluminaban mi habitación. Mi tío soportaba con tristeza los fastidiosos rayos de luz, a su lado descansaba el libro de mi niñez. Mis ojos, bobalicones y ausentes, obsrevaron los de mi tío, escurridizos y melancólicos.
-Entonces- Le dije- ¿Y ahora qué?
-Ya no puedes ser tomate- Mi tío clavó su mirada en el piso-Creo que…
-Ni niño- interrumpí.
-Ni niño-Repitió.
El capitán rojo se levantó, caminó hacia la puerta.
-Vamos-dijo mirando al frente
-Vamos- Y lo seguí.
Mi tomate arrugado dio media vuelta, posó su ceño fruncido sobre el mío y luego sobre la ventana; permisiva con los rayos de luz.
-Es allá- Me dijo mirando el marco luminoso- Vete, salta por la ventana, te van a matar… Ser un tomate es agotador- Y giró de nuevo hacia la puerta.
Sin apegos, sin sentimentalismo, sin nostalgias, sin dolor. Así fue como me abalancé por la ventana y caí, caí, caí y pensé, pensé y pensé. Pensé en dónde iba a caer. Hasta que un colchón de tierra y árboles me recibieron. Los rayos de sol golpeaban mi arrugada tez, y permanecí allí, con la piel tostada, endurecida por el calor de la luz solar.
Conforme pasa el tiempo, veo semillas desprenderse de mis entrañas, son amarillitas y están llenas de vida,se hunden en la tierra. Todo me huele a azúcar y a pitaya, y ayer hablé con el conde pátula, y jugué con las mariposas ,y ya no siento nada, y nada me duele, y nada me hace llorar, y me siento en la nada.
Rimpori viene de vez en cuando. Soy feliz. A veces me como una que otra flor. Estoy trabajando en mis semillas, las siembro, las riego y de la tierra han germinado unas hermosas plantas tan verdes como los tomates jóvenes, en las mañanas me saludan, de sus ramas han comenzados a brotar unos frutos hermosos que parecen tomates, tomates con olor dulzón, con olor a cielo de azúcar. Y cuando mis amigos me preguntan quién soy yo, les respondo que soy medio tomate y medio pitaya.