Metatongosis’s Blog



DE REGRESO AL TOMATE DEL NUNCA JAMÁS. CAP 12

Retornaron  los árboles y la eterna primavera .tomates

Y fui abriendo mis ojos, luchadores peleaban por ver los manchones de color. Mis párpados continuaban ascendiendo hasta caer vencidos, exhaustos. Mis pensamientos quedaron sumidos en un profundo sueño.

-“Verde”-Fue lo primero que balbucee cuando abrí los ojos. Los colores tomaron forma lentamente. Ahí estaban los árboles imponentes, grandes, tranquilos y tupidos de libros parlantes. La imagen me alivió después de aquel episodio lleno de dolor. El espejo arrancó uno a uno  mis pedazos de piel mohosa y arrugada, lanzó sus palabras mortíferas, acuchilló mi cerebro hasta dejarme en la inconsciencia, hasta traerme de nuevo al verde.

-¿Cómo estás?- Rimpori me saludaba. Estaba a mi lado derecho, me miraba a los ojos comprobando que cada fibra de mi cuerpo estuviera en su sitio.

-Una colcha de retazos- Le dije riendo-¿Cierto?- Rimpori río, no había nada más que hacer, sólo bastaba reír, dejar de huir, enfrentar mi destino.

- Has vivido mucho, ya no puedes ser un tomate- Rimpori agachó la mirada- No creo que vuelvas a la niñez.

-Probemos, busquemos el libro.

Yo y mi mejor amigo nos levantamos. Él ya no era el mismo, caminaba con cierto jadeo, como si le doliera la vida, caminaba por los senderos de la muerte.

Una patrulla de tomates secos, recostados en sus motonetas polarizadas nos esperaban en la rivera de un río.

-Buenas- Dijo uno-¿Les gustó el paseíto?- prosiguió en una burla sarcástica, caminó hacia nosotros. Abrió sus fauces, nos mostró la hilera torcida de dientes amarillos que se montaban uno encima de otros,  lisos. Tensionó su estómago y pude ver como por encima de sus dientes avanzaba un libro, recubierto por una baba inodora y viscosa. Cayó al suelo con fuerza, abierto, sus hojas dejaron escapar un olor a pitaya. Era mi niñez. Yo escuchaba la guerra de espadas entre Rimpori y yo, extasiado y me abalancé casi hipnotizado por el sobrenatural calor que me producían las imágenes que sobresalían entre las hojas.

- Nooooooooooooooooooo- gritó Rimpori

Yo ya estaba abajo, saboreando el aire dulce y tibio. El policía cerró el libro, como el juez cuando da una sentencia. Yo, tomate, Santiago, quedé atrapado en mi niñez.

El libro estaba en poder de los tomates veteranos, saltando con los bruscos movimientos de la motoneta que andaba veloz sobre el imperfecto suelo del bosque. Ahí iba yo  camino a la casa de los tomates. No saldría de mi libro nunca, porque afuera no me esperaba más que castigos.

Caí en un suelo blanco y suave, el cielo era azul, de nubes inmaculadas, esponjosas, de azúcar. El aire circulaba limpio al son de las melodiosas notas del carrito de helados. El problema es que no había nada más, se respiraba la soledad, una soledad feliz, tranquila, sola, absolutamente sola.

-Ey- Grité. Únicamente me respondieron los tardíos fonemas de mi eco; infinito; camuflado en  el imperceptible viento.

Por unos minutos permanecí estático, alerta a la aparición de cualquier cosa. Sentí un pequeño chuzón en mi pata, era el filo de una hoja que volaba con el viento, me agaché y la observé detenidamente, era el conde pátula . Lo había dibujado hace años, con su capa azul y su rostro verde, verde como un tomate joven. Recordé que cada vez que lo observaba,  su silueta se desprendía del fondo blanco y rayado del papel. Jugábamos días enteros al escondido de la nana e Igor que no aceptaban nuestra amistad. Ahora, era un simple pedazo de papel que yo observaba incapaz de darle vida.

Mi pata pasó por encima del dibujo y salté hasta que mi conde quedó lejos en el horizonte,  a mis espaldas. Avancé bajo el cielo incierto, millones de sonidos coqueteaban con mis oídos, sonidos sin imágenes, sonidos muertos, la música de un pasado que no quería ser revivido. El relinchar de los caballos, el choque de espadas, el  carrito de helados con su “Para Elisa” “Beethoven debe estar revolcándose en su tumba”- Pensé, al recordar la bicicleta rayada y oxidada que cargaba los conitos y la crema de helado.

Salté, salté. Escuche mi tierna voz de médico “Señora mamá: usted tiene amigdalitis en los ojos” o de enfermo: “Mami no puedo ir a estudiar porque tengo un cólico en una pierna”, las risotadas con “bugs bunny”  y uno que otro regaño.

Salté, salté, Salte  y el cielo seguía siendo azul, dulcecito. Abrí mi boca para intentar probarlo pero no saboreé  más que aire, aire normalito, el aire vacío, transparente. Salté, salte hasta quedar tendido en el suave suelo blanco…

Me desperté con el mismo sentimiento de nostalgia, de impotencia por no poder saborear como antes los juegos agridulces de príncipes, ni oler el shampoo de manzanilla que me dejaban los baños en la tina, donde era un tiburón, cuando era feliz, cuando el mundo era un juego, cuando todo tenía vida.

Alcé mi vista, los colores habían cambiado. El azul del cielo era reemplazado por un morado esponjoso, afelpado, era el hocico de mi osito cariñosito, el de la oreja rota. Ahora no lo podía agarrar con mis manos y observar, entre sus orejas deshilachadas, la cocina de blanca nieves. Era grande, tan grande como un rascacielos, como un Dios, como mi única oportunidad para encontrar lo que tanto buscaba. Lo observé absorto. Mi pata se movió por la curiosidad de encontrar sus orejas; por agarrar uno a uno los platos blanquitos, colgados en un escaparate, ahí dentro en el roto, donde meten el algodón, ahí, ahí.

Me agarré con los dientes de las fibras bordadas  en su panza, mi pata se apoyó en un bracito suave, acolchonadito, mis dientes se engarzaron del hocico, hasta que la cima me recibió victorioso.

De nuevo salté, salté, salte pensando en que era mi última oportunidad de ver algo de mi niñez. Si puedo ver la cocina en las orejas del cariñosito bajaré a tierra, e insistiré. La música pasada tomará forma, no me bastará con escuchar, quiero ver, quiero jugar y me saldrán un par de pies rosaditos y suaves, un par de manitos pequeñas y exploradoras, volveré a tener cabello, esos crespitos en espiral que le daban la vuelta al mundo,  mis mejillas estarán rozagantes y mi boca se llenará de dientes blanquitos llenitos de leche. Volveré a ser un niñooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

Esto me recordaba un sueño, antes de llegar había caído al vacío.

Caí, caí y mientras caía pensé, pensé en desaparecer, en salir volando, en dejar esta lucha, en volver a ser un tomate y llorar por las rosas. Caí, caí, caí.

Caí en un vagón, pero no en vagón de tren, era de montaña rusa. Rimpori estaba a mi lado. Los traqueteos metálicos nos hacían ascender.

- Me gustaría salir volando, olvidar todo esto estoy cansado. CAN-SA-DO-Susurré

-Ni lo pienses- Me dijo Rimpori- Sonrió- Su semblante había cambiado. Mi mejor amigo había tomado un baño de vida, su espalda se conservaba recta y sus mejillas estaban rosaditas-shh no lo digas, no lo digas.

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