Metatongosis’s Blog



EL PLANETA DE LOS TOMATES. CAP 10

tomatesTi, ti, ti, ti. Cada paso me sabe a sangre, dulce, de pitaya.

En una sola pata saltaba hacia adelante por entre los vagones del tren. Rimpori caminaba a mi lado.  Salimos del gran vehículo y ante mis ojos se desplegó un mundo silencioso, denso, cargado de óxido y manchas. Las pitayas caían podridas, olvidadas en la ausencia, y sus jugos se derramaban con vigor por entre los relieves de un suelo árido.

Mi cabeza giró rápidamente hacia los lados. Derecha, izquierda, izquierda, derecha. Deseaba hallar  las manchas que parecían habérselas tragado la tierra. Un deja vu encontrado en mis sueños.

Pisamos suelo de capitán rojo .Chaz, chaz, quemones de correazos. Rimpori  apuntó su espalda al cielo en una gran joroba y cerró los ojos. El ruido nos producía un escalofrío burbujeante. Chaz, Chaz, Chaz, con gran dinamismo agitaban la correa y a consecuencia un niño lloraba. Saltones lloriqueos con olor a saliva de compota. El cielo blanco adquiría un color grisáceo.

-Maaaaaaaaaaaaaaaa- se sentían los lloriqueos infantiles desde la tierra, provenían del cielo. Un cielo que abría sus ojos encharcados de lágrimas. Lágrimas, eran lágrimas las que se derramaban de las nubes, saladitas, tibias, con olor a pitaya, pero más que el olor, era ese llanto. Rimpori y yo permanecíamos inmóviles, contemplando un suceso en crescendo.

El lloriqueo se tornaba en llanto, el llanto en gritos y ese grito se multiplicaba. No sólo lloraba un niño, ni dos, ni tres. Cientos de berridos lacrimosos se escuchaban. Millones de niños descargaban toda su tristeza sobre nuestras cabezas y esa lluvia de lágrimas se convirtió en diluvio.

-SANTIAGO- Gritó Rimpori- ¿Te vas a quedar ahí?- Me dijo mientras me daba un fuerte empujón- Nos mojamos.

Yo estaba sumido en esa tristeza. Presenciaba con dolor todas las pelas que había recibido mi capitán, mi tomate arrugado…

Eran insoportables los berridos desesperados. Cada fonema sabía al purgante amargo que me dieron a los cuatro años y que me dejó con diarrea una semana. Entre toda esa tristeza no corrían más que las malas anécdotas de la niñez de mi tío. Ahí estaba él contándome una de sus pelas más dolorosas, cuando Rimpori me cargaba bajo el diluvio. Corría, corría, corría sin mirar para dónde iba. Lo hacía por huir. Siempre nos ha gustado huir, huir de las divisiones por tres cifras o de la vacuna contra la viruela, huir de la sopa de espinaca, de las tareas de álgebra o de mis papás en las fiestas con mis amigos, huir de las misas los domingos y de las reuniones familiares…

-PARÁ- Grité.

Rimpori se detuvo alarmado.

-¿Por qué estás corriendo?-Le reclamé.

Rimpori respiraba con fuerza. Yo podía sentir su pecho contra mi cuerpo, acelerado. No hubo respuesta. Simplemente los berridos que se hacían más insoportables. La lluvia comenzaba a lamernos las rodillas cuando vi una casita de madera, intacta, protegida por una enredadera, imponente frente a la lluvia.

-Allá- Grité y con la única pata que me quedaba señalé la casita. Rimpori me apretó con fuerza entre sus brazos y corrió hasta allí.

Entre más nos acercábamos más me maravillaba con aquella planta. Sus majestuosas ramas brillantes abrazaban con gran propiedad las tablas de madera, y de sus hojas verdes y peludas pendían unos frutos rojos, lisitos, homogéneos, con cabelleras verdes y abundantes… Eran tomates.

Rimpori llegó hasta la puerta, yo salté al suelo. Mis patas se hundían en la mezcla tibia de líquido y tierra. Rimpori trataba de abrir la puerta, golpeaba las palmas de sus manos contra la superficie maciza, abalanzaba su cuerpo, pero la gruesa puerta era inamovible. Yo escuchaba con gran esfuerzo los golpes que producía mi amigo debajo de los berridos que ahora se tornaban en una pataleta histérica, salida de la garganta carrasposa de un berrinche infantil. Caminé por entre la enredadera y aprecié con admiración a mis colegas. Eran tomates de buena conducta, enfrentando la lluvia con pasión, escuchando los berrinches con determinación y respeto. Por cada gota saladita que les caía se hacían más grandes, grandes, grandes, y yo me corría, me corría, me corría para que crecieran fuertes y hermosos. Doblaron mi tamaño, lo triplicaron, lo tetraplicaron hasta que perdí la cuenta de cuánto me habían sobrepasado. Cuando di la vuelta para ver Rimpori no lo encontré. Alarmado miré a mi alrededor. Comenzaba a hundirme en el agua y Rimpori había desaparecido.

-GOOOOO- Se escuchaba una débil voz desde arriba. Así que ascendí la mirada y allí estaba mi mejor amigo sobre un tomate, haciéndole el frente al diluvio de llanto. Agitaba las manos. Estaba sentado como encima de un  toro salvaje. El tomate navegaba por las aguas y Rimpori hacía movimientos extravagantes, antes de comenzar a descender hacia mí. Cuando estuvo cerca yo le extendí mi pata y él me agarró con fuerza.

Allá arriba nos apeamos en los lomos de nuestro tomate, sus verdes cabelleras nos sirvieron de techo y nos aguardaron del torrencial frío.

Se hizo de noche en el silencio. Ausencia de palabras le pude llamar a aquella tarde. Yo miraba la lluvia, Rimpori me miraba, yo miraba a Rimpori, suspiro y un tomate navegando…

Fue a la mañana siguiente cuando Rimpori se puso en pie y observo la lluvia.

-Nos persiguen-Me dijo dándome la espalda- Nos persiguen, son las manchas que nos quieren sacar de aquí.

-Yo me quiero ir de aquí-Le dije

-Pero las manchas castigan antes de sacarte-Respondió-Son guardianas de infancia y saben quién es su amo. Al parecer el capitán rojo nunca más volvió aquí y ahora no toleran ninguna presencia.

-Entonces…-exclamé.

-Entonces… Entonces. No sé. No conozco la salida y el diluvio no nos favorece… Entonces…Entonces esperemos que lleguen.

-¿Va a doler?- Le pregunté

-Va a doler, va a doler-Susurró.

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