Metatongosis’s Blog



VIAJE AL CENTRO DEL TOMATE. CAP 9

Cuando miré hacia el frente no lo podía creer. Había encontrado la definición de lo indefinible, de lo extenso, de lo que no tiene fronteras. PSICODELIATOMATE copyUn pasto verde,  parejito Y brillante se unía allá en el lejano fin con un cielo color pastel de visos violetas, azules y rosados; iluminado por los rayitos cálidos del sol que se abrían camino entre las blancas nubes. Podría definirlo con la palabra “dulce” pero este espacio supera la gran definición.

Caminábamos hacia el horizonte de azúcar. Había gran cantidad de árboles frutales, de hojas voladoras que, después de darle varias vueltas al tronco desnudo, se unían a las ramas haciendo figuras de animales, magníficas, de colores cambiantes como los del camaleón. Pendidas del cielo descansaban las pitayas dulzonas que aromatizaban el ambiente; Rimpori agarró una y la partió con sus dientes, me ofreció un pedazo jugoso y gotereante, al introducírmelo en mi boca la fruta se deshacía tan frágil y jugosa… dulce, dulce, dulce.

Nuestros pasos aplastaban el pasto verde y suave. Parecíamos andando sobre nubes que alivianaban nuestro peso y nos acariciaban los pies; bueno, en mi caso patas.

-¿Para donde vamos?- Le pregunté a Rimpori al mirar el horizonte sin destino.

-Buscamos un bosque- Me respondió sonriente.

Yo miraba como un estúpido, trataba de meter en mis ojos tanta paz condensada, tanta libertad tan… ¿libre?

Llegamos a un bosque. Los árboles no tenían hojas voladoras, de sus ramas estériles colgaban cuentos con las páginas hacia abajo, medio abiertos por la gravedad. Yo me adentré entusiasmado. Rimpori se posó debajo de un libro.

-Santiago- Me gritó.

Yo me hice a su lado.

-Mira hacia arriba- Me dijo.

Yo levanté mis ojos hacia uno de los libros en el árbol, de sus hojas salía la torre de un castillo. Rimpori se encaramó en el tronco y movió las ramas. Los libros se agitaron. Desde abajo yo podía ver entre las hojas unicornios, dragones, superhéroes, caricaturas; una inflación de imágenes fantásticas acompañadas de ruidos de caballeros y sus caballos galopantes, el sonido del mar, del carrito de helados, de campanas y villancicos, de gruñidos de osos y exhalaciones de poderosos dragones. Yo estaba absorto debajo de tantas historias tan emocionantes, tan sonoras.

-Ayudame- Me dijo Rimpori desde arriba.

-¿Qué hago?- Le pregunté impaciente- Mejor dicho ¿Qué estás haciendo?

-Estoy buscando tu libro- Me dijo agitado, cansado de mecer las ramas. Miró hacia los demás árboles- Ve y busca en todo el bosque.

Yo lo miré con el seño fruncido, reclamándole alguna explicación.

-Uno siempre sabe cuál es el libro de uno- Me dijo y cesó de mecer las ramas- Ten cuidado con los demás libros.

Yo asentí y salí a buscar el mío.

Traté de no apartarme mucho de Rimpori. Escogí el árbol de al lado. El tronco formaba una “y” con dos ramas gruesas y finas, estaba dispuesto a que yo me montara en sus lomos, pero mi cuerpo de tomate no. Alcé una pata para apoyarla en la abertura de la “y” e hice impulso con mi cuerpo fofo y blando, rojizo y arrugado prematuramente.

-Rimpori- grité desilusionando, casi llorando- Yo era capaz, te lo juro, yo era capaz- Le dije con mi pata apoyada en el tronco y con la impaciencia en los labios. Lloré.

Rimpori saltó al suelo preocupado, se acercó a mí y me abrazó.

-Necesitas ayuda, es todo- Me dijo con la voz quebrada a punto de llorar.

Se inclinó en el suelo y me ofreció las palmas de sus manos para ayudarme a subir. Un tomate sin brazos no es capaz de agarrarse  de la corteza. Cuando estuve arriba golpeé, con mi cuerpo fofo y amortajado, las ramas para hacerlas mover. Era insoportable el dolor de cada golpe, mi cabeza se comenzaba a marear, mis movimientos perdían intensidad, sin embargo seguí firme escuchando atentamente, haciendo el mayor esfuerzo para identificar los sonidos de mi niñez.

La impotencia de sentirme tomate. No quiero ser un tomate. Como va muriendo la alegría de un tomate. Como se le extinguen las fuerzas al tomate y cuando mi cara estuvo bañada en lágrimas caí al suelo… Un golpe seco y un “crack” me aplastaron los sesos. En un estado casi de inconsciencia vi como los labios de Rimpori se curveaban en una risa, pasando por la línea recta de la seriedad para terminar en un protuberante puchero de preocupación. Mientras yo era cobijado por un  dolor muy  fuerte en las piernas, casi anestésico . Las figuras de los árboles no se alcanzaron a unir cuando todo se volvió negro…

Un chillido de voces agudas. De preguntas estridentes fueron abriendo mis ojos. Las vibraciones en el suelo y el sonido metálico en fricción continua acuchillaban mi cuerpo. Manchas; manchas de colores como los ciegos que sólo logran ver los pigmentos infinitos en el espacio, y esas voces que comenzaban a meterse en mi cerebro; que hambrientas se incrustaban en mis ojos, mis oídos, mi nariz; tan haraganas que aprovechaban cualquier oportunidad que les daba mi cuerpo para meterse sin escatimar dolor. Más mortíferas que la luz.

Había una ventana a mi lado derecho, una silla alargada en frente de mí, movimientos bruscos, un maletero sobre la silla y una puerta al final de ésta, tras la ventanita pegada a la puerta podía ver un corredor vacío y obscuro.

-Estamos en un tren- Me dijo Rimpori a mi lado, sentado en una de las sillas alargadas, sostenía mi pata con sus muslos, mientras la otra descansaba en sus manos.

-Se te quebró- exclamo con una sonrisa forzada por alguna preocupación- parece que te voy a cargar.

Seguro que algo malo pasa, sin embargo, no me perturba su sonrisa a medias sino aquel ruido que comienza a dejarme ciego y sordo.

Manchas de colores, difusas, nos saludaban tras la ventana que da hacia afuera, su luminosidad incandescente iluminaba a todo el vagón y a mis ojos débiles que se apagaban por el exceso de luz.

-Nos alcanzan- gritó Rimpori alarmado.

Cuchillos en ondas sonoras, manchas, Rimpori, dolor, colores, luz, desasosiego, más manchas, chillidos estridentes, ruido, mi piel arrugada, lágrimas de Rimpori, lágrimas mías, dolor, ninguna explicación… El tren se detuvo…

Una avalancha de colores se abalanzó hacia delante pasando de largo por la ventana junto con un agudo y espantoso chillido que quebró los vidrios de las ventanas. El exterior olía óxido, a sangre dulce, a sangre de pitaya.

-Ahh-Suspiró Rimpori- No vienen por nosotros- Me dijo

-¿Qué son esas cosas? ¿Por qué estamos aquí?-Le pregunte mientras le recibía mi pedazo de pata quebrada.

-Cuando te caíste del árbol una patrulla de tomates venía. Son unos tomates veteranos que se secaron con la luz del sol y no huelen a nada, andan en motonetas recubiertas de un vidrio polarizado y recogen a los tomates rebeldes, yo me metí en el primer libro que encontré y caímos aquí, en el tren- me respondió con una tranquilidad acelerada.

-¿Sabes de quién es este libro?- Le pregunté

-Sí- Me repondió- El del capitán rojo.

Yo posé mis ojos sobre el cristal roto. Las manchas habían cesado sus agudos cantos y el cielo blanco aquietaba el tiempo, únicamente el olor a sangre se movía por entre la materia. Esto me recordaba a un sueño, al sueño de manchas, dolor en los oídos y un tren.

La niñez de mi capitán.

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