EL TOMATE DISCONFORME. CAP 8
Al despertarme, extraño el cálido rayo de sol que se colaba por mi claraboya. La casa está silenciosa. Mientras camino por el corredor
obscuro pienso en la contradictoria vida de un tomate. Los gritos del joven tan inexacto y la tranquila vida donde uno no piensa ni se preocupa… Tal vez el tomate casi verde se buscó el castigo. Quién lo manda a hablar antes del tiempo establecido, las reglas son para cumplirlas.
-Buenos días- Es la voz de mi tío. Yo me doy media vuelta para mirarlo
- ¿Dónde están todos?- le pregunto
-Trabajan- se me acerca- ¿Estás listo? Tú también vas a trabajar.
Yo asiento con los ojos y salimos de la casa.
Hoy los corredores están menos congestionados y el ambiente se empieza a tornar agradable. Sigo fiel al tomate arrugado, a mi capitán rojo. Al final uno se acostumbra al reguero de colores condensado en los pequeños corredores.
-Tengo hambre- Le digo.
-Buena señal- Me responde sin mirarme.
Recorremos varios corredores hasta que nos detiene una puerta ovalada que se abre automáticamente, nos acercamos a ella. Entramos a un patio circular con el piso de granito y varias materas con magnolias artificiales. Un tomate grande, jugoso, con un color rojo parejo y brillante camina hacia nosotros.
-Capitán- Le dice el tomate a mi tío. Me mira- su sobrino
Mi tío asiente. Aquel grandulón me detalla cada centímetro, cada mancha, cada relieve, observa mis parches de piel arrugada, juzga mi vejez prematura- Has dado lidia- Me dice. Yo agacho la mirada.
Mi tío toce exageradamente, yo lo miro. Hay un silencio incómodo. Aunque fueron varios segundos podría afirmar, por encima de mi muerte, que me quedé estancado en la eternidad. El grandulón da varias vueltas a mi cuerpo, me examina con sus ojos pequeños, me mira de frente y acerca su nariz para olerme.
-Huele a leche- El grandulón mira a mi tío- Es rebelde- Da varias vueltas en su eje- Creo que debería empezar por arrancar flores, es el oficio más adecuado, por ahí empezamos todos.
-Allá hace mucho calor- Objeta mi tío. El grandulón ignora su comentario.
-Sabes donde- Le dice el grandulón al capitán rojo- Te vas a divertir- y desapareció tras una gran puerta de roble macizo.
Yo no dije nada tenía un frío en las piernas, un malestar en el estómago que me quitaba las ganas de caminar, sin embargo seguí al capitán hasta una gran habitación, ésta era diferente. Todos los lugares de los tomates eran iluminados con luz blanca, éste por el contrario, estaba bañado por un rojo intenso y pegajoso, caliente, diferente a la temperatura corporal de un tomate. La habitación era larga, con hileras de camas a ambos lados formando un corredor en el centro. Varios tomates, montados en diferentes camas, gemían mientras arrancaban con la boca florecitas enraizadas a las sábanas rosadas.
Rosas, sí. Rosas espinosas pero magníficas, rojas carmesí y una que otra blanca. Me di la vuelta para hablarle a mi tío, pero sólo reconocí la puerta de entrada y a mí allí solo sin saber qué hacer. Caminé por el corredor hasta que encontré una cama sin tomate y me arrodille en uno de sus costados.
Observé a mis compañeros de trabajo que gemían de alegría. Era extraño verlos arrodillados, arrancando lentamente las flores mientras reían y exhalaban placenteramente unos: “sí, sí”.
En mi cama las hermosas rositas dirigían sus moñitos perfectos y cerrados hacia mí y yo, con inseguros movimientos acercaba mi boca a una de ellas. Le mostré mis dientes de tomate, amarillos, perfectos, ella se recogió aún más cuando vio mis fauces sobre sus pétalos. Placer infinito, dulce como la pitaya o más dulce, más dulce que cien pitayas con azúcar. Flor de sabor acaramelado y cosquilloso. La gelatinosa sustancia llegó a mi estómago y desde adentro se mecía con fuerza, rozando su cálida textura con mi cuerpo… Ah placer infinito… ¡Qué buena vida la del tomate!
Acabé contento con aquella cama, satisfecho. Pero la gula me montó en otra y seguí comiendo.
¡Cuánto me pesó haber probado una rosa blanca! Le abrí mis fauces y ella, delicada, se introdujo en mí; pero una vez dentro afiló sus despiadadas espinas y me hizo llorar. Me senté como un niño desconsolado, como si me hubieran robado un bobón, como cuando mi hermano me quitaba las canicas. Los demás tomates que gemían observaban mi gran desilusión mientras exclamaban: “Sí, sí”.
Sólo paré de llorar cuando sonó un timbre. Todos salieron de la habitación. Yo seguí a la fila de tomates. Atravesamos una puerta hasta entrar a un salón normal, blanquito.
-Hola-Una voz mecánica y cortada me sorprendió por detrás- ¿Tu Nombre? El mío es Diego.
Cuando terminó de hablar yo lo miraba extrañado. Según el manual. ¿Qué es lo que uno dice en estos casos?
-Hola- le respondí yo.
- Mi nombres es Diego y ¿El tuyo?- Preguntó algo inseguro- Me presento: Vivo en 12465465763132 Cerca, Con mi mamá, soy casi nuevo me gusta comer verbos, odio los pronombres, arranco flores y sueño con hacer puntos rojos perfectos- Lo dijo de corrido, una retahila aprendida de memoria, exacta.
“Este tipo debería irse a vivir con mi tío, es un perfecto tomate”- pensé.
-Yo vivo con muchos tomates, Llegué ayer- Le digo desinteresado
-Lloraste- Lo afirma con temor.
-Son las espinas- Le respondí cortante.
-Las flores son placenteras pero dolorosas- Me dijo el tomate
-Sí- Le respondí
-Sí- Afirmó él.
-Ajá-y asentí
-Ajá-El otro hizo lo mismo que yo.
Hubo un momento de silencio.
-Hay que manejarlas- Interrumpió -porque es difícil entenderlas. Yo lo único que hago es que me las como y ya. El problema fue que trataste de entender una rosa blanca y esas son más complicadas.
-Ajá- Le respondí. Me incomodaba su declaración, porque si fuera por mí yo me quedaría comiendo flores por siempre.
-Uno se cansa- Me dijo y yo asentí para cortar la incómoda conversación.
La tarde se fue rápida. La mejor tarde de mi vida como tomate. “sí, sí”, “Que rico”, rojo, calor, aire caluroso y mucho placer. Después me la pasé buscando. Tenían razón, es divertida aquella incertidumbre. Corredores, puertas, tomates y sin ninguna meta… Placer infinito.
Al día siguiente me levanté muy temprano para encontrarme con mis hermosas rosas. Tenía mucha hambre. Mi tío no se apareció por la casa para despedirse, así que salí apresurado .
Flores; rojo; calor; placer; “sí, sí”; algunas espinas; unas lágrimas saladas pero sabrosas; “rico, rico”. Un leve descanso; palabras como: “me gustan las flores”, “yo como”, “sería usted tan amable”, “mi nombre es Santiago”… Después de mi agotador trabajo salí a buscar, como de costumbre, algo que yo no sabía.
Algo del pasado quedaba en mí porque rompí una de las reglas del tomate: La regla número 500 dice que no puedo explorar nuevos caminos de los que ya conozco a menos de que me los muestre algún tomate responsable de mí. Atravesé nuevas puertas hipnotizado por las luces del camino. Casi inconsciente, me encontraba en un lugar diferente, inmenso, lleno de flores artificiales y cuevas de piedra. Una de las cuevas estaba abierta, así que entré a buscar algo.Una luz difusa, enigmática y de procedencia indeterminada me permitía ver todo en aquel lugar. Era una habitación rústica y casi circular con una loza de piedra en el centro donde descansaba el cuerpo de un ser. Algo me decía, una fuerza extraña, que lo conocía. Alguna cosa que vi en otra vida o algo así. Esa cosa, tenía los ojos cerrados, se mantenía Lozano y colorido. A su lado derecho había unas vasijas que desprendían olores de esencias. Me le acerqué. Él me sintió porque mientras me acercaba vi sus ojitos abrirse… Los no tomates y cálidos, me producen misterio y mucho miedo.
-Sabía que ibas a venir- Me dijo con una voz cándida.
Yo lo miré asustado. Me estaba hablando una cosa que no sé qué es. Me quedé callado.
-Pitaya, pepitas de pitaya. ¿Recuerdas?- Me miró extrañado.
Yo lo seguía observando. Mi cabeza hacía un esfuerzo infinito por recordar. Aquella palabra me evocaba imágenes difusas.
Confianza o desconfianza. Mis piernitas blancas e indecisas se mecían hacia adelante y hacia atrás. Huyo o me arriesgo a este sentimiento.
Pupilas, hacía rato que no veía unas pupilas y tan negras, transparentosas, profundas, las pupilas de la eternidad, esas pupilas observaban mi cuerpo. Ahí se reflejaba mi montaña ya no tan verde, más bien amarilla, casi rojiza. Yo podía ver el mundo a través de esos cristales negros que dieron la vuelta y se perdieron tras una cabeza que salía de la cueva. cabeza, cabeza, me suena. Cabeza de no tomate, cabeza de humano.
-Humano- Grité
Y aquellas pepas traslúcidas se viraron hacia mí, lubricadas, humedecidas por una tristeza cambiante hasta convertirse en brillo refulgente de alegría.
-Casi humano- Me dijo- Imaginario- Y Abrío sus pies, arqueó su columna y se posicionó como el capitán garfio repitiendo una orden crucial para su misión.
Mi capitán, el capitán malo, el cocodrilo, el dragón, piernas locas, la piedra de indiana jones, un amigo imaginario… mi mejor amigo
Un millón de imágenes de un pasado recordado a medias se abrieron ante mis ojos. Los parches lúcidos de mi niñez se completaron con sus restos flotantes que ahora armaban el rompecabezas de mi pasado. Reí dulcemente, una risa catártica, una risa que ni las flores me producían.
-Rimporí- Exclame despacio, como saboreando un helado de vainilla.
Él se acercó a mí.
-Te dije que al tercer día, que vinieras por mí al tercer día de mi crucificción, pero cuando miré era demasiado tarde y tu tío te había sacado de la habitación- me dijo con algo de prisa- Es tiempo de que salgamos de aquí.
-y ¿por qué?- le respondí alarmado- Ya no me quiero ir. La vida del tomate es sencilla, placentera y no hay que pensar mucho.
-La esperanza es lo último que se pierde- Susurró Rimpori para sí mismo, mientras se ponía en pie- Pensé que no querías ser un tomate, pensé que los colores del algodón de azúcar y la sensación del viento cálido eran tus premisas de vida. Se te olvidó muy rápido lo maravilloso de tener la boca empegotada de helado mientras sos un príncipe que pelea con un dragón- Dijo Indignado; Casi llorando- No es divertido hacerlo solo. Un amigo imaginario necesita su amigo real.
Mientras él repetía todo eso yo puede saborear el algodón de azúcar y el color del cielo. Las tardes de juego y la cocina en la oreja de mi peluche. Al instante se me olvidó el placer de las flores. El helado de vainilla reemplazó la dulzura del néctar de las rosas. Así que planeamos la fuga al mundo exterior.
-La luz del sol te mata de a poquitos. Los rayos ultravioletas son buenos para los niños más no para los tomates, así que tendrás tan solo horas para decidir qué camino tomar. Si decides ser un niño deberás ver todo lo que veías en el pasado y como arte de magia volverás a tener mejillas rozagantes y dientes de leche para comer con bocadillo- Esa fue la advertencia que me dio el mejor amigo que un niño puede tener.
Planeamos la fuga. Rimpori conocía un pasadizo a la casa y de allí caminaríamos hasta la puerta de salida. Salimos de la cueva mientras yo pensaba en el castigo que recibiría si era descubierto. Cualquier sonido, por más mínimo, me alarmaba al instante. Caminamos por entre materas y materas de flores artificiales. Caminamos hasta que Rimpori abrió una puerta camuflada como pedazo de pared. La blanca superficie dio una vuelta de trescientos sesenta grados y nos dejó al otro lado, frente al comedor de doce puestos.
Estábamos en uno de los extremos de la mesa, parecía infinita, parecía unirse con el horizonte. El vidrio en su superficie reflejaba todo rastro de luz y color. Me quedé estupefacto, hipnotizado por la textura de la madera plana, por la perfección del punto rojo en la mitad y por la candidez que mostraba aquel objeto que parecía cobrar vida en el silencio. Una fuerza me tiró al piso. Rimpori me había agarrado de los pies y ahora yo caía debajo de la mesa.
Dos de mis tíos entraron al salón. Desde allí pude ver sus extremidades golpetear el suelo. Dieron una vuelta. Hablaban en otra lengua. A mí me temblaban mis piernitas y me cogió ese frío en el estómago. Ya podía sentir el dolor de los rayos de luz en mis ojos como castigo. De pronto uno de los tomates se detuvo, sus pies quedaron en frente de mis ojos llenos de terror.
-Olor extraño, Olor a leche- Exclamó.
Sus piernecitas se inclinaban lentamente para mirar debajo de la mesa. Rimporí me cogió de los pies y me jaló fuera, los tomates gritaron alarmados: “Traidor, traidor, sobrino traidor, llamen al capitán”
Rimpori me llevaba en sus brazos mientras atravesaba las puertas giratorias. A la vez, nos seguían cinco tomates más aparte de mis tíos. Un ruido insoportable. Miles de palabras llenaron cada rincón de la casa. Aquellos fonemas crearon una cadena gigante que trataba de agarrarnos. Los tomates habían unido todo su arsenal dialéctico contra nosotros. Un latigazo golpeó a Rimpori que se balanceó hacia el piso sin caerse. Nuestros verdugos estaban próximos. Llegamos a la gran puerta. Rimpori sacó una llave para abrir la superficie maciza, mientras escuchábamos la mezcla de ruido sobre nosotros. Teníamos la cadena casi golpeando la espalda de Rimpori, a un centímetro y la chapa seguía dando vueltas. Rimpori logró abrir la puerta justo cuando las palabras comenzaban a atar su brazo. Con un pie dentro y otro afuera yo mordí una “t” que partió la cadena y cerramos la puerta dejando atrás el ruido de los tomates.