Metatongosis’s Blog



EL TOMATE MECÁNICO. CAP 7

-Bien hecho- me dice mi tío cuando doy mis primeros pasos- Bien hecho, ya me imagino cuando te salgan los brazos, voy a llorar- Dice secándose una de sus lágrimas de cocodrilo. 
Yo sigo consternado, triste. Mis mejillas están secas, duras y saladas.
-Me encanta esa manchita roja- continuó. Yo dirijo mi mirada donde él la tiene clavada. En la parte lateral derecha de mi figura un pequeño tinte rojo mancha el tapiz verde.
-Es irremediable-Le digo con la voz cansada.
-Es muy bueno, bienvenido- Exclama entusiasta el tomate arrugado y salimos de la habitación.
Afuera las luces del corredor se encienden y una puerta que antes no se dibujaba en la pared ahora se abre para que entremos. Yo sigo a mi tío al cruzar el umbral. Entramos juntos a un lugar extraño, diferente de la casa vacía. Es un laberinto. Corredores de muros bajos, no hay puertas sino arcos y la congestión de tomates se traslada de un corredor a otro. No hay un solo rayo de sol, sólo luz blanca de lámparas de neón. No a las ventanas, no a los patios, únicamente corredores y tomates. Punticos rojos que caminan apresurados, estrujándose unos a otros.
Sumergidos en el mar rojo, se siente la congestión y el frío corporal de la aglomeración de frutas. Mi cabeza no logra asimilar tantas formas y colores condensados. Las ramitas que me sostienen flaquean entre tanta congestión, son torpes y se tropiezan a menudo. Me siento como encerrado en color, como en una pesadilla cuando el monstro me persigue y yo me caigo y no soy capaz de correr. Huyendo de a poquitos, sin saber cómo, estoy en una habitación obscura. El telón negro se ve transgredido por un hilo de luz que lleva consigo una imagen y al chocar con la pared opuesta a su origen la proyecta. En el camino, el magnífico destello deja ver unas sillas ubicadas en frente de la pared blanca con la imagen dibujada.
-Siéntate- Susurra mi tío.
Yo camino inseguro, tambaleando, guiado por el resplandor amarillo hasta que logro sentarme. De cerca puedo distinguir la imagen: es un libro blanco con letras cuadradas que dicen “NORMALIDAD”. Percibo que mi tío se sienta a mi lado y comienza la función.
Una canción institucional le da pie a la presentación del video, mientras, yo pienso en Rimpori, en su agonía… Respiración lenta y resquebrajada.
-Atención que esto es serio- me dice mi tío balanceando su cuerpo contra mí.
Fueron dos horas de la vida de un tomate.
El reglamento:
1. Todo tomate debe tener un trabajo
2. Los tomates no refutan.
3. Sólo se puede hablar con los formalismos de los tomates. Hay expresiones para cada momento.
4. Ser tomate es muy divertido; en sus ratos libres buscan algo, no saben qué pero buscan.
5. Un tomate no está conforme con lo que tiene.
6. El tomate es mesurado.
7. El tomate es preciso.
8. Los tomates no se caen en público.
9. Los tomates no intentan tomar otro camino hacia el trabajo, deben seguir la ruta que se les enseña el primer día de inducción.

El día diario del tomate:
Se levanta; va a trabajar. Un descanso de media hora para socializar, a esta hora del día se utilizan muchos los saludos y las presentaciones personales. Más trabajo. Media hora para buscar. Más trabajo. A la hora de la comida es necesario una dieta balanceada, palabras de diferentes categorías: Una porción de verbos, tres de artículos, media de pronombres (El yo es malo para la circulación) y unas cuantas conjunciones (si se comen más conjunciones de la cuenta no hay postre).
Una vez al mes hay un baño de luz que le permite a los tomates tener contacto con el aire puro.
-Memorice- Interrumpe mi tío- Ahora hay examen de esto, si lo pasa mañana empieza a trabajar- Yo toso- La vida del tomate es muy divertida- Continúa y ríe mesuradamente.
Ahora únicamente pienso en la “maravillosa” vida que me espera. Una vida tranquila y llena de certidumbre, pero a la vez equilibrada con ratos de luz y búsqueda sin sentido. No hay que pensar mucho y se come bien… ah ya comprendo, ya comprendo.
Parece que mis piernas han mejorado su movimiento. La vida del tomate no es tan mala. Algún día me podré acostumbrar. Así que camino firme en mi resolución, pisando fuerte y con mi tío al lado. Atravesamos una serie de corredores. Tomates que caminan en todas direcciones, roces, golpes, congestión. Entramos a una habitación, blanca como las paredes de la casa, con un pupitre universitario en todo el centro justo encima de un punto rojo que fue puesto allí con las más minuciosas medidas.
-Obra de las más alta ingeniería-Exclama mi tío- Yo sueño que algún día logres hacer cosas así, tan exactas. Ése es el oficio más virtuoso.
Entramos, yo me siento en la silla.
-ya viene el evaluador- Me dice mi tío- Quédate aquí, llegamos un poco temprano- y el tomate arrugado se pierde tras la puerta.
Seguro pasó mucho tiempo. Yo estaba a la espera con el blanco en los ojos. Comenzaba a aburrirme.

 Me arrepiento de haberme levantado de mi silla. Llevado por un impulso de curiosidad, salí al gran laberinto. Unas voces acopladas al unísono repetían, como las olas del mar, una oración. Un océano de formalismo, con el silencio contado para que comenzara de nuevo la misma frase. Así me la pasé, descifrando los fonemas pronunciados mientras me acercaba a la puerta entreabierta.
Tomates, todos sentados en pupitres, de espaldas a la puerta mirando a una máquina que con sus palabras mecanizadas decía: “El yo es malo para la circulación”.
Los tomates miraban un reloj de péndulo colgado en la pared que tenían al frente. El reloj marcaba cuatro segundos.
-El yo es malo para la circulación-Repitieron los tomates. Inmediatamente el segundero caminó cuatro pasos y la máquina repitió “El yo es malo para la circulación”
Me quedé callado observando la quietud de aquellos obedientes tomates. Todos jóvenes con más manchas verdes que rojas.
-El yo es malo para la circulación-Dijo la máquina, pero esta vez uno de los tomates desequilibró el silencio. A los dos segundos, exactamente, dijo la frase. Al instante los demás lo miraron y la máquina vomitó un ronco ruido.
-Alerta, alerta. Un inexacto- gritaba la máquina. Simultáneamente, a mi lado, pasaron Unos tomates casi negros como uvas pasas y unas pequeñas costras verdes que parecían florecitas… no, florecitas no, moho. Entraron a la habitación y pusieron a rodar al tomate inexacto fuera. Yo vi cómo pasaban a mi lado inodoros, casi muertos.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡SANTIAGO!!!!!!!!!- Gritó mi tío.
Yo di la vuelta, él estaba detrás de mí con el ceño fruncido, con la mirada obscura.
-Camine-Me ordenó.
Yo le seguí sumiso, con la mirada agachada. El pánico me cogió las rodillas y aunque no sabía qué podría perder por esta pequeña falta, un frío se apoderó de mi estómago. Corredores, tomates, frío corporal, luz artificial, más tomates y corredores, mis piernitas blancas y temblorosas.
-Asómese- estábamos en una habitación, con una luz amarilla y chillona. En uno de los muros había un vidrio polarizado y a través de él yo podía ver una habitación con una puerta en el techo. Esperamos un momento. Yo agaché la mirada de nuevo, pero un ruido de puerta me sacó del onirismo en el que estaba. Al otro lado del vidrio vi cómo los tomates negros entraron pateando al pobre inexacto, lo tiraron debajo de la puerta del techo. Al levantarlo lo amarraron con una cadena de palabras, ésta tenía quince “desobedientes” unidos; le pusieron unas gafas en los ojos y salieron apresurados… Hubo un silencio y después la puerta en el techo se abrió lentamente. Los rayos de sol cayeron sobre el tomate, como el depredador que al ver su presa corre entusiasta tras ella. Con la fuerza de un laser, los rayos, penetraron la gruesa piel del tomate y la fue amasando, haciéndola blanda, mientras se escuchaban los perturbadores chillidos de dolor que lanzaba el inexacto. Me acerque al vidrio para ver bien aquella tortura. Cerré mis ojos cuando vi los suyos invadidos por la transgresora y filosa luz debajo de las lentes potenciadoras. Volteé mi vista, miré a mi tío, mi mirada le suplicaba huir de tan espectral escena y así lo hizo; abrió la puerta con un ademán que indicaba mi salida.
Mis pensamientos seguían sumidos en el tortuoso castigo mientras presentaba mi examen y después acostado en la cama recordaba a mi tío.
-La luz del sol tiene mucha verdad para los tomates- Me dijo- La verdad es buena, pero no en exceso, por eso nuestros mesurados baños cada mes- Se giró dándome la espalda- ¿Entiendes?
-Entiendo, entiendo- susurré.

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