EL TOMATE EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS. CAP 5
Es una mesa rectangular. Hay mucha luz, luz inofensiva, luz artificial, amarilla. El joven descarga sus brazos en una de las sillas
que rodean la infinita mesa de doce puestos. A mi alrededor no hay más que tomates. Yo miro al muchacho, sus ojos negros brillan fuerte. Esa mediana sonrisa no deja de preocuparme, observa a todos los tomates silenciosos. Hay un rebote de miradas. El joven mira los tomates y los tomates me miran. Yo sonrío, es una sonrisa producida por el impulso de un vacío en mi estómago (Me siento extraño al nombrar a esta cosa estómago pero no encuentro otro nombre apropiado)…
Han pasado dos minutos ¡Qué silencio! Las miradas formaron un hilo de tensión inquebrantable. Nadie se mueve, parece que estuvieran unidos por una tensión en los ojos. Puedo ver las líneas en el espacio, todas se dirigen a mí: Al tomate más verdoso . Miro al joven, él esta estático, sus ojos parecen que únicamente existieran para ver con esa tristeza alegre, con esa ternura rígida, con ese regaño burlón… Por más que trato de hacer conexión visual con él no lo logro. Me han detenido el tiempo. ¿Qué es peor? Si Los bruscos golpecitos de las preguntas socarronas o este silencio estático. Escucho unos tiernos ruiditos. Todo en esta casa se escucha, hasta las paredes tan blancas y planas tienen ese ruido del vacío, del silencio, de la incertidumbre. Ti, ti, ti, ti, ti es el agudo y suave sonido de una ramita que golpetea la fría baldosa. Ti, ti , ti, ti cada vez lo siento más cerca Ti, ti, ti ,ti.
Hay un cambio en la atmósfera del lugar. La red de miradas se deshace y se forma una nueva. Todas las líneas recaen en un tomate arrugado, de un rojo intenso, en uno de sus costados tiene una gran mancha café que consume su piel, formando una hendidura profunda y arrugada. Desde aquí se ven algunas semillas amarillas que se deslizan por su ovalada figura, camina en un par de ramitas blancas.
Todos miran al tomate: ojos de orgullo, de admiración; aumentaron de tamaño, son grandes. Las líneas que se dirigen hacia él son más gruesas. ¿No ven que se comienza a podrir? ¿No ven que ya está roto? Sin embargo hay algo de él que me intriga; el gran tomate puede caminar, Quizás yo también lo pueda hacer, tal vez los otros tomates caminen. Inmediatamente me inclino para mirar debajo de la mesa y ver que todos a mi alrededor tienen las mismas pequeñas ramas caminadoras. Pasamos a el tercer cambio de atmósfera. Una mezcla de murmullos convierten el aire a mi alrededor en una cosa densa y ruidosa. Cuando miro encima de la mesa todos murmullan entre sí, dirigen despectivas miradas hacia mí. A mi alrededor se forma un nubarrón de palabras pequeñitas, son muchas. Son arañitas que aruñan con sus patas, diminutas pero letales, se multiplican por montones, las oigo dentro de mí, se vuelven más feroces al aumentar su amplitud, me llenan los oídos.. Ya no son tan socarronas ya son… Dolorosas.
-Odio los días que hace sol.
Ahhhhh y vuelve el silencio. El tomate arrugado- después de su redentor saludo- se sienta en la silla del fondo e inmediatamente todos aplauden, se observan entre sí y sus ojos se mueven aprobando la afirmación. Aplauden con fuerza. Tal vez lo dice porque es un tomate y madura con la luz, sin embargo yo sigo amando los días soleados al lado del mar.
-Odio los días en que hace frío- Añade el tomate arrugado, mientras mira al joven que acata una señal, sale de la habitación y cruza una de las puertas pegadas en las paredes blancas. Todos aplauden de nuevo con esas caras planas de aprobación.
-Odio los días- Termina por decir y todos aplauden con más fuerza. Uno de los tomates, con varias manchas amarillas, llora emocionado; el que está a mi derecha, que sólo luce una pequeña mancha verde contrastando un fondo rojo, ríe como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida “sí,jajajaja, síjajajaja”. Dos se paran en sus sillas y aplauden con tal fuerza que parecen que sus brazos se agarraran de sus cuerpo y aplaudieran con el pecho. La mesa tiembla. Yo sólo puedo ver el mundo fraccionado; ojos llorosos, bocas abiertas de risotadas y toz, golpes de ramas debajo de la mesa, Sofocantes a tal punto que se convierten en sonidos. Imágenes que se transforman en ondas sonoras. Mi cuerpo se prepara para la angustiosa sensación en mi cerebro las palabras… las palabras…
“Si no me motila la abuela, me aguanto el calor”, “Si no hay hogado no como”, “Tráeme una silla o no voy así me muera de las ganas” “Odio los días en que hace sol” “Odio los días” “Ay no qué pereza la gente”.
Todo forma un círculo a mi alrededor es insoportable, soy su eje central. Seguro que me están retando, me colman la paciencia. Los esquivo y mi mirada busca alguna salida. Mis ojos se mueven en todas las direcciones, ahogados bajo el agua, anhelando llegar a la superficie, ya la veo, está cerca, ya la veo… Viene con una torta de cumpleaños. Es el joven que se había ido tras la orden del tomate arrugado y ahora aparecía por la misma puerta pegada a las blancas paredes con una gran torta negra envinada, la lleva en sus manos, me producen tanta paz sus ojos que se me olvida lo que me pasa. “La torta negra es torta de viejito”- Pienso, río suavemente. El joven la coloca sobre la mesa, específicamente en el lado derecho.
-Qué nunca se pierda el centro- Dice el tomate arrugado. Mira al joven. Con su ceño fruncido señala un punto rojo justo en el centro de la mesa- Si vuelves a poner algo fuera del centro nadie va a comer- Afirma fuerte y decidido. Su voz golpea pesada, es ronca, voz asesina, llena de puñales y piedras.
El jóven agacha la cabeza y corre la torta, con un impulso suave y entrecortado, hacia el centro de la mesa. Estoy desconcertado. ¿Qué pasa? No entiendo. Las tímidas manos que corrieron la torta ahora hacen un brusco movimiento hacia los ojos del muchacho que llora desconsolado. “No llores”- Le digo. Los otros tomates me miran indignados.
-Déjalo, es un chiquillo, pronto se irá. Querido sobrino- Dice el tomate arrugado mientras agarra, con una ramita, un cuchillo que le entregó uno de los otros tomates- Es Victorinox- Me mira- Con este cuchillo la parte más gruesa de la porción siempre mide tres centímetros, ni muy poco, ni tampoco mucho – Lo escucho pero mis pensamientos se encuentran tras la puerta pegada a la blanca pared, allí desapareció el desventurado muchacho, tan achantado que me dan ganas de llorar- No queremos obesos en la familia- continúa diciendo el tomate arrugado- Querido sobrino- Me sonríe. No es una sonrisa de felicidad, es una sonrisa de orgullo. Cree que tiene la razón. Tengo miedo. Desde que el joven salió corriendo me siento metido en el infierno.
En un intento por deshacerme de todo esto exclamo tímido: “¿Puedo ir al baño?”
- ¿El baño? Esas cosas no se mentan en la mesa- Dice el tomate a mi lado. Muy rígido- ¿Quieres ser el culpable de que nadie coma en esta agradable mesa el día de su cumpleaños?
¿Qué puedo hacer yo? Agachar la cabeza y en un impulso inconsciente de supervivencia me tiro de la silla, ruedo por el piso desesperado. Ruedo, ruedo, ruedo, veo el mundo dar vueltas… Esperen, estoy rodando… ¿A dónde?.. no sé, solo rueda que los otros tomates van detrás de tí. Paso todas las puertas, son giratorias, es una sensación similar a la de traspasar las paredes… Corre que lo tomates vienen detrás de tí. vueltas, puertas giratorias, cruzo paredes enteras, vueltas, vueltas y … ¡PUFF! Una puerta, hasta aquí puedo llegar.